LA TV DEL VECINDARIO

 

 

Mi país estaba pasando por una depresión económica que llevaba a  personas de mi barrio a buscar comida en los botes de basura.  El servicio eléctrico había quemado todos los equipos electrónicos del vecindario, la situación era muy precaria, los servicios públicos habían sucumbido, hasta  el servicio telefónico, la internet simplemente no existía. Eran momentos difíciles. 

 

Las personas comenzaban a hacer huertos en las casas con las pocas semillas que podían conseguir. En esos días aprendimos que muchas de las flores ornamentales y parte de las malezas de los patios eran comestibles.  Las crisis traen cosas buenas,  un ejemplo de ello es que la gente inventa cosas y hasta produce con lo poco que tiene, se vuelve creativo.  Esta situación nos llevó a acercarnos y compartir con nuestros vecinos, jugar y hacer actividades en beneficio de la comunidad. 

 

Pareciera como si el momento de tocar fondo nos hacía más humanos. A nadie le parecía imperante usar ropa de marca, prendas ni accesorios de vestir.  La preocupación por comprar comida ocupaba el primer lugar, ya que su costo era muy elevado.  Formaron juntas de vecinos y crearon leyes que todos debían respetar, incluso, los baños de las casas solo podían ser utilizados en caso de extrema necesidad, de lo contrario había que hacer filas en unas letrinas públicas que se habían habilitado.  

 

Nadie quería dinero porque no tenía valor alguno.  La delincuencia había disminuido debido a que nadie portaba nada de valor.  La mayoría vendía parte de sus enceres para poder comprar comida. Ya casi no había nada que vender. Los negocios se hacían mediante trueques, las personas tenían que caminar muchos kilómetros para poder ir a otro pueblos, los medios de transporte desaparecieron.  

 

Pero aun en medio de todo esto, había algo que hacía que todos olvidáramos la crisis;  un buen partido de fútbol o de béisbol, era lo único que sacaba sonrisas y emociones en aquel pueblo, todos nos concentrábamos en el único lugar donde había una TV.  Esta era propiedad de un viejo ermitaño, quien vivía solo y nadie sabía por qué, además era la única casa que tenía electricidad porque funcionaba con un sistema solar.   

 

Todos nos sentábamos,  niños y adultos en el frente de su casa, pero el anciano nunca dejaba ver un buen partido en paz.  En los momentos de un gol o un jonrón, se paseaba frente al televisor y nos robaba la emoción. Todos maldecíamos en voz baja para que el viejo no escuchara. El fingía y se levantaba a hacer cualquier cosa, pero todos sabíamos que era a propósito para bloquear la pantalla en el momento más emocionante.

 

Al terminar el partido, todos volvíamos a sentir la crisis, pues la alegría desaparecía al retirarnos de en frente de esa caja mágica de felicidad. Muchas personas decían que había que buscar la forma de salir de aquella situación pero todo se quedaba en palabras, todo se quedaba en quejas y más maldiciones contra los que gobernaban. Nadie tomaba acciones, parecíamos autómatas programados para sufrir sin derecho a protestar. 

 

Al final de la calle había una casa muy grande con una pared enorme que encerraba todo el perímetro, Vivian unas personas de clase media.  Salían todos los días a las siete y media en una camioneta de doble cabina.  Cuando se hacía la algarabía de un gol o un Jonrón, esta familia abría las ventanas del segundo piso de la casa, era como si ellos disfrutaban de los partidos desde sus cómodas habitaciones.  Nadie tenía contacto con esta gente.

 

Mientras veíamos un partido de fútbol el anciano comenzó con una tos como si se estuviera muriendo; en ese momento todo el vecindario que estaba congregado frente a la casa del anciano se preocupó y algunas de las personas mayores se ofrecieron a ayudar, mientras que este se resistía a ser ayudado. Las personas se retiraron porque era imposible escuchar el partido con los quejidos del anciano. Otros optaron por quedarse para ayudar.  Yo me quedé con mi madre, ella junto a otras personas querían hacer una tizana.  Horas después nos marchamos ya que él no permitió que nadie entrase a su casa. 

 

Al día siguiente como de costumbre nos fuimos concentrando frente a la casa a esperar que el anciano abriera la puerta. Según pasaba el tiempo nos preocupábamos, algunos por la salud del anciano y otros por el partido de fútbol.  La puerta no se abrió. 

 

Los rumores se apoderaron del vecindario, en ese momento sentimos que la crisis se había agudizado. Muchos planearon formar un ejército de liberación para salir en busca de los responsables de la situación. El rumor de que el anciano había muerto se esparció por todos lados. Formaron una comisión que sería la responsable de romper la puerta para entrar en la casa. Otros decían que el televisor lo colocarían en el parque si el anciano había muerto. 

 

Mientras se disponían para abrir la puerta, el anciano moribundo salió con una escopeta en las manos; en ese momento se le explicó que pensaban que él había muerto y que por esa razón intentaban entrar a la casa.  Con voz entrecortada dijo: –el primero que intente robar mi televisor le voy a pegar un tiro-

 

Todos nos retiramos, unos maldiciendo porque el anciano estaba vivo y otros oraban por su pronta recuperación. Pasaron varios días sin ver la TV, ese era el tema de todos en la calle. Una tarde estábamos sentados en el parque y vimos que el señor de la gran casa del final de la calle se acercaba; era su rutina del día a día, salir en la mañana para regresar en horas de la tarde. Al pasar por el frente de nosotros a poca velocidad, observamos algo que llevaba en la parte trasera de su vehículo, todos quedamos boquiabiertos, no podíamos creer lo que estábamos viendo, era algo inesperado, lo máximo, la felicidad volvió a nuestros rostros, parecía una danza sincronizada, que hizo que todos nos pusiéramos de pie al mismo tempo.  

 

Este señor llevaba la caja de un televisor de última generación, no podíamos creerlo, los más jóvenes salimos como locos a dar la noticia a los demás. Momentos después el parque se había llenado de gente; algunos decían que debía ser instalado en el parque, muchas propuestas se hacían, pero nadie tomaba en cuenta que no había energía y que el televisor no era de ellos. Las conjeturas iban y venían en torno al gran televisor.

 

Como de costumbre el señor se desmontó de su vehículo y cerró el gran portón. Eso no molesto a nadie ya que concluyeron que al siguiente día el señor daría la gran sorpresa al vecindario. Nadie durmió esa noche, la emoción invadía a todas las personas.

 

Al siguiente día me levanté antes de salir el sol y fui al parque, al llegar me di cuenta de que algunas personas habían amanecido allí, era increíble lo que estaba sucediendo. Ese día, todos estaban vigilando la casa, nos asomábamos tratando de descubrir algún indicio; pero nada surgió. Las horas pasaron y no tuvimos noticias de lo que sucedía en la casa. 

 

Ya el día había pasado y antes de caer la noche decidimos volver cada quien a su casa para levantarnos temprano al siguiente día. De camino pasamos por el frente de la casa del anciano y vimos que él estaba sentado viendo un partido en su viejo televisor.

 

Muchos comenzaron a burlarse del televisor del anciano. Diciendo que ya no verían más un partido en un televisor tan viejo. Luego de tantos insultos el anciano se paró de la silla cerró la puerta y apagó el televisor. Las carcajadas y burlas cada vez se hacían más y más. Luego de un buen rato todos nos fuimos. 

 

Al día siguiente fuimos al parque y sin mirar a la casa del anciano, a las siete y media se abrió la puerta como era de costumbre: allí estaba la gran caja montada en el vehículo, volvieron las conjeturas. Algunos decían que el señor entregaría el televisor al vecindario al salir de su casa.

 

Luego de que toda la familia abordara el vehículo, salieron de la casa, mientras el señor se detuvo fuera de la casa, se desmontó y cerró la puerta. Todos los pasajeros parecían sorprendidos por las miradas de los espectadores mientras el vehículo se desplazaba a marcha lenta. Nos pasaron por el frente y se marcharon, volvieron las conjeturas. Unos decían que el señor entregaría el televisor al regreso, muchas opiniones encontradas, hasta que una señora dijo. – vamos a formar una comisión que será la responsable de hablar con el señor a su regreso. En ese momento formaron la comisión, la cual estaría compuesta por las personas más respetadas del vecindario. 

 

Ese día se bañaron bien, se perfumaron y pusieron sus mejores ropas. El momento se había tornado tenso, además, se indicó que los demás debían esperar en el parque guardando silencio. Todos recolectamos frutas, verduras y vegetales que serían entregados al señor por la comisión como regalo. 

 

Había una persona vigilando en la esquina para dar aviso cuando el vehículo se acercara. Horas después se dio el aviso, la comisión con los brazos llenos de cuantas cosas se había recolectado esperaban frente a la puerta de la casa que estaba al final de la calle.

Nuevamente vuelve el vehículo con la gran caja en la parte trasera. Sorprendidos por tan noble gesto, el señor se desmonta y es recibido por la comisión quien hace entrega de los regalos. Mientras el señor da las gracias, abre la puerta de la casa y manda a pasar la comisión.  Luego pregunta a qué se debía  tan noble gesto. 

 

La persona autorizada para hablar dice. –Señor hemos traído estos regalos para usted por haber pensado en el vecindario y comprarnos un televisor, el cual agradecemos mucho y sabremos cuidar-: Más sorprendido aún este responde; Agradezco sus regalos, permítanme recibirlos con amor y agradecimientos pero no sé a qué se refieren.

 

Uno de ellos señala la gran caja que permanecía en el vehículo. A lo que este responde: -Lamento desilusionarlos, pero esa caja la encontré en un basurero en las afueras del pueblo y por su tamaño vi que me sería útil para transportar mis herramientas-

Como perros arrepentidos todos volvimos donde el anciano después de tantos insultos. A lo que este dijo: -Nunca dejen un viejo televisor por la caja de uno nuevo-. 

Por: Edward Pérez 
Comunicador y escritor. 


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