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LA TV DEL VECINDARIO

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    Mi país estaba pasando por una depresión económica que llevaba a   personas de mi barrio a buscar comida en los botes de basura.   El servicio eléctrico había quemado todos los equipos electrónicos del vecindario, la situación era muy precaria, los servicios públicos habían sucumbido, hasta   el servicio telefónico, la internet simplemente no existía. Eran momentos difíciles.     Las personas comenzaban a hacer huertos en las casas con las pocas semillas que podían conseguir. En esos días aprendimos que muchas de las flores ornamentales y parte de las malezas de los patios eran comestibles.   Las crisis traen cosas buenas,   u n ejemplo de ello es que la gente inventa cosas y hasta produce con lo poco que tiene, se vuelve creativo.   Esta situación nos llevó a acercarnos y compartir con nuestros vecinos, jugar y hacer actividades en beneficio de la comunidad.     Pareciera como si el momento de tocar fondo nos hacía más humanos. A nadie le parecía imperante usar ropa de

LA VENTA DE UNA HIJA

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      Emma, Angélica y Esther, eran tres hermosas jóvenes, que destacaban por su belleza en el pueblo de Nadrubia.     Todos los domingos se reunían en la plaza, la cual se llenaba de adolescentes y jóvenes. Era un día muy especial, los muchachos se deleitaban y podían estar cerca de estas bellezas, que con la supervisión de sus padres se paseaban por la plaza.        Don José un hombre de gran carácter, de una nueva clase media que estaba surgiendo, tenía veinte hectáreas en las que cultivaba café, con financiamiento del banco local debido al buen crédito. Todas las tardes se sentaba en la galería de su casa a leer el periódico y obras literarias.     Doña Martha, era una mujer delgada, con el cabello largo, de color indio, y grandes ojos. Costurera de profesión, esta hacía los vestidos para las fiestas de quince años, bodas y bautizos.   Las personas de clase media y alta eran quienes se podían dar el lujo de sus finos trabajos.     La casa de madera con un modelo

VIVIENDO CON EL ENEMIGO

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                   Ayer en la mañana alguien me atacó fuertemente, no entendía cuáles eran las razones pero esa persona estaba furiosa conmigo, me agredía sin razón alguna. La mañana había transcurrido como era habitual hasta ese momento, entonces de forma instintiva hice lo único que se me ocurrió, comencé a moverme de un lado a otro intentando esquivar a mi atacante, pero lo único que podía ver era como los objetos volaban y venían sobre mí. Intentaba agredirme con todo lo que encontraba a su paso; tijeras, zapatos, escoba, revistas y hasta un plato me lanzó.     Al fracasar en mi intento de escape, quise razonar con mi atacante, explicarle que no quería hacerle daño ni entrar en una pelea física, pero este parecía no escuchar ni entender, fue entonces cuando comprendí que su idioma no era el mío, no podía entender nada de lo que decía, pero no me preocupaba esa parte, mi preocupación era salir con vida de aquel lugar.   Aquello parecía un campo de bat

OLOR A DOLOR

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  Ya de regreso al trabajo Ernest no lograba concentrase en sus labores, no había dolor humano que se comparara al padecimiento que este estaba sintiendo, por su mente pasaban destellos de recuerdos de aquel día en el que su hermana fue corriendo a la puerta y le dijo que había muerto su madre, pero más fuerte era para él pensar en el cuerpo de su madre postrado en aquel ataúd, no podía dejar de pensar en que tuvo mil oportunidades de verla y convivir con ella tal y como lo habían hecho sus hermanos. Este nunca imaginó que la vida le tendería una trampa de la cual no saldría con vida. Poco a poco Ernest entendió que pese a su dolor debía salir adelante y que su vida tenía que seguir, pero no se percataba de que a veces las tormentas regresan y aunque nos hayan golpeado a la primera también lo haría una segunda vez. Después de algunos días en los que se despertaba como sonámbulo, se alistaba para el trabajo a modo zombi, decide en el camino tratar de alejarse e ir dejando a un lado su

OLOR A DOLOR…

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  Desde las primeras horas del jueves el cuerpo de Ernest estaba programado para la felicidad que traían consigo los viernes, la brisa y el olor a fin de semana le hacían del jueves un día tan placentero que no sentía el pasar de las horas, pues este día marcaba que sería un fin de semana prominente.   Ernest un joven del barrio, el séptimo hijo de una viuda, la cual el casi no veía, aunque solo vivía a unas cuantas cuadras de ella. Este fue empujado por la vida a salir a muy temprana edad de su casa materna para irse a trabajar siendo muy jovencito, Ernest con cuarenta y tantos años vivía una vida de placeres, fiestas, amigos, prostitutas y desenfreno. Trabajaba sin descanso durante la semana hasta esperar que llegaran los viernes para iniciar un fin de semana de fiestas y placeres hasta los domingos en la madrugada. Pero el viernes siguiente marcaría a Ernest para el resto de su vida, sus hermanos no lo frecuentaban ya que este había tomado un camino de lujuria y fiestas mientras